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Julia Rubio  Barcelona * La Rioja * Worldwide ✨Dicen que escribir es mi súper poder. Algunos días preferiría poder volar ✨

Nueve horas de autopista y aquí estamos. Vladimir me ha traído a una plaza con un barquillo gigante, entre platos de jamón. Mientras él vigila la bolsa, yo voy pidiendo. Por lo visto, tiene no sé qué de un trabajo. Luego, cuando él suba al mirador, me iré a dar una vuelta. No sea que aparezcan Boris o Marco. Serranito, montadito, cazón en adobo y otra de ensaladilla.

Jilguero, golorito, gorrión, pichón, palomo, aguilucho, colibrí, que te yo te vi.

Como cuando llamas a tu casa sabiendo que no estás y tienes miedo de oír tu voz al otro lado de la línea telefónica. Aquí arriba busco los sitios que habito sin querer encontrarme. Con curiosidad, también. Esa sombra en la ventana, ahí en esa planta alta, podría ser yo concentrada frente a una pantalla. Qué alivio, solo es un reflejo.

No sé si miro el abismo o el abismo me mira a mí, ahora mismo. No sé si es miedo a saltar o miedo a tirarse, habrá que fiarse. No sé si la zona de confort puede comprarse en Ikea, qué idea. Así que camino y camino, todo me importa un pepino.

Las señoras de Logroño quedan para andar. Andar para pasear. Andar por desconectar. Ande. No ande. La marimorena. Yo, caliente. Caballo grande. Andar para llegar. Andar por andar.

He llegado a esa edad en la que quiero encerrarlo todo en botes de cristal. Empiezas por el azúcar o por las cápsulas de café. Pasas a la quinoa y llegas después a los desengaños. Por último, envasas las promesas rotas. Voy a escribir en cada uno la fecha de caducidad. Dentro de un tiempo, por fin, podré vaciarlos sin miedo. Los veré desaparecer por el sumidero, mientras me limpio las manos con un trapo de cocina. Ya sin rencor. Así, tan ricamente.

He llegado hasta Cadaqués en este martes de invierno. Con el frío, los turistas desaparecieron buscando otros soles. Quizá Anna Maria es la única que sigue aquí. Apoyada en el marco, frente a este mismo mar. Como siempre, durante una eterna tarde de verano.

Desde que Marco se decidió a solucionar el tema de la ventana, nada es como antes. El mar parece más cercano. El barrio, siempre en fiestas. Los vecinos, comprensivos. De ella, en cambio, no sabe nada. Hay algunos días que todavía se acuerda.

Siempre he pensado que si me sitúo en la esquina adecuada de la ciudad de Nueva York, veré pasar al mundo entero. Bueno, quizá no al mundo entero, pero sí a alguien que espero o que no espero encontrarme. Como cuando mamá encontró a aquel profesor de inglés, que conocía porque era vecino, en plena plaza Taksim.
Así que ando eligiendo esquinas por una ciudad tan familiar como inabarcable. Sin saber si será la de Columbus Circle o por la Tercera con la 40, cerca de Bryant Park o tirando a Madison... como una Auster perdida que busca no sabe qué, mientras Marco pasea por Dumbo.

Él leyó que ella estaba en una relación. Ella vio que él publicaba sobre animales en adopción. Mientras uno piensa en pedirle amistad, la otra no sabe ya en qué red mirar. Él, ellos, allí. Tan lejos. Quizá solo Marco imagina.

Si me tocase la lotería, visitaría todas las exposiciones del mundo. Me lo dijo Marco el día en que nos conocimos. Cuando el jueves siguiente no se presentó, pensé que ya llamaría. Algunos días todavía me acuerdo. Lo imagino esperando en un cine de Hopper, sentado al borde de una piscina de Hockney, tumbado en el jardín de Sorolla, entre las flores. Yo sigo en Cerrajería, esquina con Sierpes.

Ha sido descolgarse la persiana y empezar a pensar que las cosas van a empeorar. El cabello, despeinado. Las facturas, disparadas. Las comidas, frías. Marco ha insistido en llamar a alguien para que la arregle. Le ha contestado que no, que espere. Quiere saber a dónde conduce esto.

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